Los nadie

Un hombre o una mujer. Da igual. Quizás un niño. Llegó con toda la ilusión de compartir su vida con ellos. A primera vista, viendo la casa que los alojaba, pensó: “son como yo y la casa donde juegan a ser mayores es la misma que la mía”. Pero pronto, muy pronto, se dio cuenta de que no respetaban la casa, que era de todos. En la casa había un montón de gente, un mar de fueguitos. Cada persona brillaba con la luz propia entre todas las demás. No había dos fuegos iguales. Hay gente de fuegos grandes y fuegos chicos y fuegos de todos los colores. Hay gente de fuego sereno, que ni se entera del viento, y gente de fuego loco, que llena el aire de chispas; algunos fuegos, fuegos bobos, no alumbran ni queman, pero otros arden la vida con tantas ganas que no se puede mirarlos sin parpadear y quien se acerca se enciende.
Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de su podredumbre de espíritu, que algún mágico día llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en lloviznita cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.
 Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.
Los nadies: los ningunos, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos, porque nadie les hace caso. ¿Y quién va a hacerles caso, si no son nadie?.
 Que no son, aunque sean.
Que no hablan idiomas, sino dialectos.
Que no profesan religiones, sino supersticiones.
Que no hacen arte, sino artesanía.
Que no practican cultura, sino folklore.
Que no son seres humanos, sino recursos humanos.
Que no tienen cara, sino dedos.
Que no tienen nombre, sino sobrenombres.
Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica triste de su propia tristeza.
Los nadies, que son menos que la bala que los mata.
No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces del dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele. Pequeña Muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña Muerte, la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace.
Quizás la muerte sea el punto de inflexión para arreglarlo todo. Pero no es El Flautista el que pide la muerte de nadie sino el retorno de cada uno a su comedero en el rincón que cada uno se merece.

RATA COMIENDOESCOPETA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RATA ACOJONADA.AMETRALLADORA

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